Ruth Bader Ginsburg fue una líder extraordinaria. Dejó su huella indeleble en el camino continuo de nuestra nación para garantizar que cada persona tenga una oportunidad justa y equitativa ante la ley para perseguir sus esperanzas y sueños, y alcanzar su máximo potencial. Hoy lamentamos su fallecimiento y celebramos los muchos hitos que nos ayudó a lograr en el camino de la esperanza para todos los niños y familias.

Su vida y su trayectoria son un testimonio de por qué debemos seguir derribando las falsas barreras que se interponen en el camino de las personas para prosperar según su género o su raza, según las comunidades en las que nacieron, las culturas en las que se criaron, las religiones que practican o a quienes aman. Una y otra vez, ella articuló el marco jurídico de lo que sabemos que es verdad en nuestros corazones: que somos una nación más rica y más poderosa cuando cada uno de nosotros puede contribuir al máximo de sus capacidades.

Hoy en toda nuestra nación, las familias son más fuertes y los niños están más seguros debido a los esfuerzos de la jueza Ginsburg por desmantelar los sistemas y actitudes que perpetuaban la discriminación de género en el lugar de trabajo, en el hogar y en nuestras comunidades. Ella comprendía que los roles reservados para una persona o negados a ella debido a las circunstancias de su nacimiento o sus antecedentes nos frenan a todos.

Su historia es la de desafiar y superar los muchos obstáculos personales y profesionales que se le presentaron simplemente por haber nacido mujer. Como apenas la segunda mujer nombrada para la Corte Suprema de Estados Unidos, se convirtió en un faro de esperanza para incontables niñas y jóvenes. Para muchísimas personas, abrió las puertas de la oportunidad que habían permanecido firmemente cerradas a lo largo de la historia.

En los días, meses y años venideros, recurriremos al poderoso legado y a la inspiración de la jueza Ruth Bader Ginsburg mientras trabajamos para construir comunidades de esperanza para todos los niños y familias.